La Pildora y el Chile que Queremos

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En estos días hemos asistido a un debate en torno al dictamen del Tribunal Constitucional que pretende impedir la distribución, por parte del Estado, de la píldora del día después y de cualquier método anticonceptivo que tenga alguno de sus componentes.

Se mantiene en la incógnita aun si el mismo tribunal, engendro de la dictadura militar, incluirá en su dictamen final a algunos de los dispositivos intrauterinos más utilizados por las mujeres del mundo, por los últimos 40 años, incluida la conocida T de cobre.

El pretexto para tal retroceso es, según los miembros del Tribunal Constitucional que acogieron la presentación de los diputados de la Alianza, la existencia de una duda razonable acerca de su efecto abortivo, lo que sería, según ellos, suficiente razón para evitar su distribución, pues se afirma que la constitución – si esa misma que dejó amarrada la dictadura – resguarda el derecho a la vida, incluyendo la vida de aquel que está por nacer.

Por el otro, quienes defendemos, no sólo la distribución de la misma, sino también el uso de otros métodos anticonceptivos, y la ampliación de los espacios de libertad individual en esta y otras materias, partimos de una premisa básica. El derecho de todos y todas a vivir según sus propias creencias y en este caso particular, el legítimos derecho que asiste a todos los seres humanos y especialmente a las mujeres, de vivir su sexualidad libremente y decidir acerca del momento y las condiciones más adecuadas para convertirse en padres y madres, que no es un tema menor.

Lo hacemos, además, porque no existiendo acuerdo acerca de cuándo el óvulo fecundado se convierte, efectivamente, en un ser humano vivo, no existen antecedentes suficientes que permitan afirmar que la píldora posee efectos abortivos, salvo para quienes tienen un compromiso militante con algunas ideologías de carácter religioso, como es el catolicismo, en sus versiones más conservadoras y retrógradas.

Por otro lado, creemos que las políticas públicas en el área de la salud, deben hacer lo posible por disminuir el impacto que los embarazos no deseados ejercen sobre temas tan sensibles como el aborto y la mortalidad materno-infantil, además de contribuir con un grano de arena no despreciable, a saldar la gran deuda que el Estado de Chile tiene con los derechos sexuales y reproductivos de la población, incluida, por supuesto, la tan necesaria, pero inexistente, educación sexual.

La discusión, sin embargo, parece increíble. Como recién sacada de un libro de historia medieval. Sorprendente además, porque los que hoy defienden el derecho a la vida de los que están, supuestamente, por nacer, son, mayoritariamente, los mismos que hasta hace no mucho, estaban de acuerdo con que en nuestro país se asesinara a diestra y siniestra a muchos chilenos y chilenas, solo por el hecho de pensar distinto.

Sorprende además, que en este episodio, la Iglesia Católica haya devenido en partido político y retrocediendo, no 40 sino que 360 años, pretenda nuevamente imponer por ley, a todos y a todas, sus creencias y sus reglas de vida, como una forma de enfrentar el evidente fracaso obtenido en su gran batalla por convencer a sus propios creyentes y a algunos de sus representantes y comunicadores sociales más conocidos, de vivir de acuerdo a sus preceptos y doctrinas.

Es así, 360 años han pasado desde que la vieja Europa puso fin a la guerra de los treinta años mediante la firma de la Paz de Westfalia (1648), en la que se había llegado, por primera vez en la historia de la humanidad, a un consenso casi universal acerca de la libertad religiosa y de credo y se había sancionado como inaceptable la idea de que cualquier soberano o Estado, obligara por la fuerza o mediante ley punitiva, a sus súbditos o miembros, a convertirse a la fé de los gobernantes; a seguir ciegamente sus creencias y a cumplir con los dictámenes de sus, siempre inubicables pero todopoderosos dioses.

Al parecer, las amarras que la dictadura dejó en nuestro país para mantener el control sobre la decisión política de las mayorías, mediante un sistema electoral antidemocrático, secundado por instituciones de franco y abierto carácter medieval, ha hecho que algunos de los sectores más reaccionarios y conservadores de nuestro país se envalentonen de tal manera, que pretendan, nuevamente, con la complicidad de un grupo de fanáticos religiosos instalados en los distintos poderes del Estado, ejercer el poder total sobre la sociedad.

Ya no les basta con tener el control de los recursos naturales que son explotados para que algunos tengan todo lo que deseen mientras otros no tienen ni lo necesario para reproducir su existencia.

Tampoco les basta con tener el control de las grandes empresas y de las empresas estratégicas que ofrecen utilidades fabulosas para ellos mientras generan pobreza para los trabajadores que ganan sueldos miserables.

No les basta, tampoco, con tener el control de las instituciones y del parlamento, que representan solamente los intereses de unos pocos y generan leyes con las que se pretende hacer inmodificable un sistema que solamente a ellos beneficia.

Hoy, además, pretenden ejercer también, el control sobre los cuerpos de las personas con el impacto profundo que esto genera sobre la conciencia y la moral individual. Hoy pretenden imponernos su doble e hipócrita moral para sancionar públicamente lo que ellos y sus hijos hacen en privado cuando requieren guardar las apariencias.

Hoy han logrado hacer retroceder a nuestra sociedad, mientras siguen tratando de convencer a las grandes mayorías de que avanzamos. Han vuelto a secuestrar, en nuestro país, la libertad y el derecho a la autodeterminación. Hoy hemos vuelto a perder, luego de 360 años, espacios de libertad por los que muchos y muchas dieron hasta sus vidas, a manos de quienes solo defienden la libertad económica que poseen los que no conocen límites en su capacidad adquisitiva para comprar lo quieren y necesitan.

Hoy, la clase dominante, se vuelve a meter, como en el medioevo, en nuestras camas y en nuestras vidas, mientras siguen festejando, a puertas cerradas, la falta de unidad de quienes abogan por cambios de fondo en nuestra sociedad. De la misma manera celebran el hecho de que cada vez menos gente participe de la lucha por el poder, lo que les permite seguir haciendo lo que se les venga en gana.

Sondeos de opinión han dado a conocer que más del 65% de la población no está de acuerdo con la determinación del TC y la iglesia ha corrido a decir que no porque lo diga la mayoría debe asumirse que tiene la razón.

Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es si más allá de lo que para algunos sea correcto o incorrecto, las instituciones y las leyes de un Estado, deben ser representativas del sentir de la nación toda o deben representar a minorías iluminadas por dioses que no todos tenemos el gusto de conocer ni seguir y que pretenden obligarnos a todos a vivir según sus preceptos y doctrinas.

Debemos preguntarnos si las instituciones que guardan relación con la elaboración, discusión y aplicación de las leyes que deben guiar nuestra convivencia, pueden ser secuestradas por minorías totalitarias que aspiran a que todos vivamos según sus ganas o según los dictámenes de sus dioses, o si deben ser éstas, fiel reflejo del sentir y de los acuerdos que los más amplios sectores posibles de la sociedad logren, en torno a la búsqueda de un permanente mejoramiento de la calidad de vida de todos y todas y de la construcción de un mundo mejor.

Por mi parte, creo que debemos ser implacables en respetar el derecho de todo católico a no tomar ni administrar a sus hijas la pastilla del día después si se encuentran ante la amenaza de un embarazo no deseado o ante una violación.

También debemos ser implacables en respetar el derecho de todo católico a seguir casado hasta el fin de sus días, a pesar de no estar enamorado; a pesar de tener amantes a diestra y siniestra; a pesar del maltrato y de la violencia intrafamiliar; a pesar de lo dramático e impactante que resulta para los hijos ver como sus padres viven en conflicto perenne… pero unidos en dios.

No debemos dudar ni un solo segundo en respetar el derecho de los cristianos a poner la otra mejilla y a mantenerse vírgenes hasta el matrimonio, para conseguir la vida eterna. Debemos respetar, de la misma manera el derecho de los miembros de todas las iglesias y confesiones a vivir según sus preceptos.

Pero con la misma fuerza y con la misma actitud debemos rechazar que aquellas conductas que dichas confesiones no pueden imponer a sus fieles, por medio de la promoción libre de su doctrina, sean impuestas a todos, creyentes y no creyentes, mediante el secuestro del estado o de parte de sus instituciones, amparados en un sistema político y electoral antidemocrático y excluyente, cuando muchos de nosotros, muy a su pesar, libremente, hemos decidido creer en cosas distintas y vivir de manera significativamente distinta.

Hoy nuevamente se hace imprescindible abordar en serio, la democratización real de nuestra sociedad. Hoy se hace nuevamente patente la necesidad de acabar con la exclusión en el sistema político y de avanzar por todos los medios posibles hacia la consecución de una nueva constitución, que sea representativa de la mayoría nacional. Hoy debemos comenzar una verdadera transición desde esta dictadura encubierta hacia una democracia plena, laica y para todos.

Lamentablemente, esto seguirá siendo simplemente una necesidad urgente mientras no se logre una amplia unidad de todos los sectores que están convencidos de aquello y no logremos, todos, poner por sobre los intereses de personas, grupos y partidos, la urgente necesidad de construir un Chile distinto y mejor para todos y todas.

One thought on “La Pildora y el Chile que Queremos

  1. he leído tu artículo y, como siempre, ponesel dedo en la llaga en varias cuestiones fundamentak¡les como lo son: la fé, la libertad, el libre albedrío y los alcances de la ciencia que se cruzan transversalmente con la vida y la persona humana. Es te ataque, no a mansalva, sino a campo abierto y con todas las justificaciones q8ue entrega la constitución republicana, ha lanzado una bomba racimo-cardoen, con las cuales se hizo rico, para variar<y6 lucrando con la vida humana, que discrimina, como no, a las clases mas xdesposeídas de este< país. Estoy seguro que si se hubiese debate público pre-dictamen del docto tribunal constitucional se hubiera generado de cara al país, otro gallo nos estuviese despertando ahora. Pero, que más da: en las laltas esferas sociales este no les va a preocupar; si la pastilla se entregaba gratis en ccualquier<consultorio, con receceta alcanzaba los cerca<de cinco mil pesos; hoy se encuentra en el mercado negro por la módica<suma de $15.000. Ya se visualizan los alcances del fallo: aumento de abortos ilegales, elevación de la tasa de natalidad en adolescentes ; la reforma no aborda<de manera franca los temas de la sexualidad<responsable; en fin, labolade nieve ya esta rodando. Estoy con el lema de ls mujeres que gritaban en las marchas NOSOTRAS PARIMOS,NOSOTRAS DECIDIMOS¡ tal cual

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