La Crisis Económica y el Desempleo: Dos efectos esperados del Modelo Chileno

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La crisis Internacional que comenzó con el colapso del sistema financiero norteamericano y que se ha extendido con fuerza inusitada por toda la faz de la tierra ha llegado a Chile. Y muy por el contrario de lo que las autoridades económicas de nuestro país aseguraban acerca del blindaje de nuestro país, gracias a su modelo de desarrollo, parece ser que la crisis no solo afectará a nuestro país de manera significativa, sino que también lo hará por un espacio de tiempo, sin duda, mayor al que los defensores y los administradores del modelo quieren reconocer.

Lo indignante, en todo caso, es que los más golpeados, nuevamente serán los que no tienen ninguna responsabilidad en el desarrollo de la misma, los trabajadores y trabajadoras de nuestro país; mientras los que aprovecharán las oportunidades que toda crisis genera, comprando barato los excedentes de producción y rematando propiedades y bienes de los que no puedan pagar las deudas contraídas, serán los mismos que vienen, con su avaricia, generando las crisis cíclicas del capitalismo que son inherentes a su forma de funcionamiento.

Ahora bien, la forma más dramática de cómo la crisis afectará a los sectores populares, en todo el mundo, será sin duda, el desempleo, que crecerá y crecerá sin que nadie haga nada en concreto para defender lo que debiera ser un derecho esencial del ser humano: el trabajo.

Así las cosas, mientras los que generaron la crisis seguirán disfrutando de las utilidades que en tiempos de bonanza han acumulado, y que les permiten tener asegurados a sus hijos y nietos por varias generaciones, reproduciendo el capital a costa de pagar salarios que no alcanzan a cubrir el valor real que posee el trabajo, los trabajadores sufrirán un congelamiento o una reducción de sus sueldos y millones perderán sus trabajos hasta que los que siempre ganan, vuelvan a recuperar la confianza en ”los mercados” y a invertir, una vez que la destrucción de factores productivos permita otro ciclo de acumulación, que se realizará sobre los mercados libres que dejarán todas las empresas que quiebren, especialmente las micro, pequeñas y medianas, que no serán capaces de resistir, con recursos propios, la virtual paralización de la economía mundial que se cierne sobre sus cabezas mientras los bancos harán utilidades millonarias pero no les prestarán dinero para superar la crisis a la que tanto ayudaron a consolidar.

En este escenario, nunca estará de más recordar que el trabajo no es solo un factor productivo, como lo plantean los defensores del modelo, que incluso en tiempos de crisis promueven la no intervención, para que el mercado haga su trabajo y ajuste el precio del mismo a la nueva situación, porque para ellos la única discusión real es la económica.

El trabajo, al menos para nosotros, la gente de izquierda, es la forma de realización de la especie humana, porque es a través del trabajo, que todo ser humano y la materia en general, satisface sus necesidades, tanto materiales como inmateriales, para reproducir, finalmente, su existencia.

Así es. El trabajo es todo intercambio de materia y energía que cualquier parte de la materia realiza con su entorno, transformándolo y transformándose, al mismo tiempo, para logra satisfacer sus necesidades y reproducir su existencia.

Por lo mismo, quien no posee trabajo, está y estará privado, finalmente, de satisfacer sus necesidades y las de sus seres queridos; y por ende, incapacitado para reproducir su existencia y la de sus familias. No podrá, por tanto, realizarse como ser humano ni como especie y su existencia, bajo la mirada de esta sociedad tan individualista, materialista y poco solidaria, será una carga insostenible para él mismo y para la sociedad.

Visto así, el problema del desempleo adquiere una dimensión que difícilmente podrán expresar las dramáticas pero frías cifras que difunde los gobiernos mundiales como una forma de contener las demandas sociales y generar un escenario en donde nadie se atreva a pedir justicia y mucho menos equidad.

En el caso de nuestro país, la situación es más dramática si transparentamos la forma en cómo se mide la variable del desempleo en la encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas (INE). De hecho, en el cuestionario referido, cuando se pregunta a las personas por su actividad durante la semana anterior a la encuesta, basta con que aquellas declaren haber trabajado una hora para que sean consideradas ocupadas y no caigan en el desagradable grupo de los cesantes.

Esto, que más parece un chiste que una medición del desempleo, promueve un verdadero engaño que solo busca tranquilizar a la población y evitar así una respuesta que desde la base exija cambios radicales como los que hace ya tiempo viene viviendo el resto de América Latina. A menos que alguien en el Instituto Nacional de Estadísticas, dependiente del gobierno, piense que se pueden satisfacer las necesidades de una familia y por ende, reproducir dignamente su existencia, con solo una hora de trabajo semanal, considerando además los bajísimos sueldos que se pagan en nuestro país a los trabajadores poco calificados o sin calificación.

Resulta obvio que este manejo comunicacional guarda una estrecha relación con la posición que han adoptado, finalmente, los gobiernos de la concertación frente al tema del desempleo y de paso, echa por el suelo las promesas, repetidas hasta el cansancio, acerca del bienestar que genera la libre competencia y la apertura a los mercados globales para la sociedad.

Se deduce de lo primero, que los gobiernos de la concertación han optado por darse por satisfechos con el sub empleo o empleo precario y han preferido seguir ahorrando los excedentes generados por el precio del cobre y que hoy han generado una de las balanzas comerciales positivas más abultadas de nuestra historia, mientras casi un millón de chilenos no encuentra trabajo o tiene un trabajo que claramente no le permite satisfacer sus necesidades y las de los suyos y débilmente logran reproducir su existencia.

Esto resulta más patético si analizamos las suculentas utilidades que sectores terciarios y específicamente la banca han alcanzado durante los periodos de crisis, a costa de los intereses usureros que cobran a los pequeños y medianos empresarios, que trabajan sin cesar y generan casi el 75 % del trabajo en nuestro país pero que tienen pocas posibilidades de salir del circulo de sus deudas ya que trabajan fundamentalmente para aumentar las ganancias del sector financiero.

De la misma manera las grandes empresas nacionales y transnacionales siguen arrasando con los recursos naturales y servicios ambientales de nuestra tierra, descapitalizando de manera vertiginosa a nuestro país y sobre todo a las generaciones del futuro, sin siquiera pagar un royalty decente por su apropiación y en tiempos de crisis, solo se limitan a cerrar o postergar inversiones, esperando tiempos mejores para las mismas, como aquellas en que son capaces de retirar suculentas utilidades con tasas de retorno varias veces superiores a lo que en sus propios países se consideran estupendos negocios.

Con respecto a lo segundo, y tomando en consideración que son precisamente los países que han optado por detener el avance que por décadas tuvo el neoliberalismo en nuestra región, como Cuba, Venezuela, Bolivia y Argentina los que presentan hoy las cifras de mayor crecimiento económico y los menores índices de desempleo en la región, resulta evidente que no es tan cierto eso de que la iniciativa privada es y debe ser el motor de la economía ya que en nuestro país, en donde el neoliberalismo no ha tenido ningún obstáculo para desarrollarse a voluntad durante ya más de 35 años, no ha logrado pasar a la segunda fase exportadora tantas veces prometida y mucho menos ha logrado mantener niveles de crecimiento económico que según ellos lograrían llevar los beneficios del modelo a las grandes mayorías.

Eso sin contar los precios históricos que han tenido de sus materias primas y con niveles de estabilidad política y gobernabilidad que todos admiran y pocos pueden emular.

Así las cosas, si las grandes empresas privadas no logran ser el motor de la economía y a pesar de las suculentas ganancias que logran obtener cada año, incluso en aquellos que para el resto son de crisis; y nunca llega el momento de repartir y generar igualdad, habrá que volver a buscar alternativas entre los nuevos y viejos caminos, repensando y reevaluando, no solo el rol que al estado debe corresponder en la construcción de una sociedad más justa y más humana para todos y todas, sino también del rol que a las izquierdas y en especial a la izquierda chilena, con toda su variopinta gama de colores, le corresponde en el giro que nuestro país necesita con urgencia.

Y sobre todo habrá que comenzar a mirar cada vez con más desconfianza aquellas encuestas que provienen desde los defensores del modelo para convencernos de aquello que no logra sostenerse sin una manipulación grotesca de por medio ya que como muchos plantean, las estadísticas sirven, muchas veces, para mentir con clase y elegancia cuando no se tienen argumentos y la verdad comienza a incomodar.

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