Mientras más le dejemos al año nuevo, menos nos dejaremos a nosotros mismos

He querido escribir acerca de las fiestas de fin de año, incluso a pesar del riesgo de ser tildado de amargado o de grave, debido al rol que las mismas juegan de manera no consciente, según mi parecer, en la matención de las cosas tal como están o como son. Mi opinión sin embargo, no disminuye el respeto que siento por aquellos para quienes las mismas están repletas de sentido y significado.

Me resulta increíble, sin embargo, que como cultura nos mantengamos, al igual que hace miles de años, petrificados por nuestro temor a asumir la historia y convertirnos en protagonistas de la misma. En estas fechas lo que más escuchamos es: “lo único que quiero es que termine este año que ha sido horrible”; o “seguro que el próximo será mejor”; “Ojalá que se acabe la mala racha”, “ahora si que si, este año se me cumplirán todos mis deseos”, “ojalá que se te cumplan todos los tuyos”, “este año cerraré los círculos que he dejado abiertos y terminaré todas mis cosas pendientes”.

Efectivamente, todos o una mayoría aplastante de la humanidad actual, siguen atrapados en la dualidad, aun no superada, entre el historicismo moderno, con su tiempo lineal, y el mito del eterno retorno, perteneciente a las culturas y sociedades arcaicas y teológicas, con su tiempo cíclico y repetitivo.

La primera concepción nos invita a sumir la historia como un tiempo concreto y por lo mismo, nos invita a construirla. La segunda nos invita a rebelarnos contra el tiempo concreto, abolir la historia y el tiempo pasado y a desarrollar un retorno periódico al origen, practicando la repetición del acto creador, como una forma de volver a nacer; como una forma de que todo vuelva a nacer; como una forma de partir de cero; de cumplir esta vez con nuestras propias metas y poder zafarnos de nuestros propios designios y de nuestras profecías auto cumplidas.

El tiempo, los objetos y los actos mismos de la humanidad aparecen entonces como un receptáculo de una fuerza extraña que lo diferencia de su medio y le confiere sentido y valor independiente del espacio geográfico y del mismo tiempo.

En todas partes existe la concepción del fin y del comienzo de un periodo temporal, fundada en la observación de los ritmos biocósmicos, que se encuadran en un sistema más vasto, pero interpretado, de creencias en purificaciones periódicas o de expulsión anual de los demonios y de regeneración de la vida. Su origen se encuentra en la gran revolución que significó para la humanidad el descubrimiento colosal de la agricultura. El descubrimiento de la vida despues de la muerte, siempre presente en la natualeza.

De ahi que, para algunos, fuera como si la vida misma se renovara; como si se buscara la regeneración después del caos y del sufrimiento que lo caracteriza; como un anhelo que nos permite, de una u otra manera, soportar ese mismo sufrimiento, esas angustias y privaciones; repitiendo todos los años en cada nuevo año: “Este año será distinto. Todo será mejor”

Ello, según algunos, mantiene la esperanza de los creyentes y de algunos que no lo son tanto, en que alguna deidad o fuerza sobrenatural vendrá en su auxilio y podrán superar su miseria y sus propias limitaciones.

La gran noche de Año Nuevo, por último, nos iguala a todos, como en las fiestas orgiásticas de los pueblos primitivos en donde desaparecen, por un breve periodo de caos que, como siempre, antecede al acto creador, todas las diferencias sociales, reconstruyéndose la unidad primordial en donde todos los límites, los perfiles y las distancias sociales resultan imperceptibles.

Así, le dejamos a nuestros dioses, a nuestros muertos, al nuevo acto creador o a la suerte, nuestros destinos y los de nuestras familias. Es como abolir el tiempo y por supuesto abolir el periodo precedente, con todos sus males y su sufrimiento. Es como revelarse contra la historia y no permitirle ejercer sobre la conciencia humana, su corrosiva acción, consistente en la revelación de la irreversibilidad de los acontecimientos.

Al negarnos a aceptar la historia y valorarla como tal, nada podemos hacer, o al menos de eso nos convencemos, contra las catástrofes cósmicas, contra los desastres naturales, contra las invasiones militares y las injusticias sociales, vinculadas a la naturaleza, las primeras y a la estructura misma de la sociedad y ala naturaleza humana, las segundas.

Ello conlleva una concepción macabra que asume de una u otra manera la normalidad del sufrimiento, porque es parte de esa repetición del caos que precede al acto creador con el que todo vuelve a partir… desde cero.

Es parte de esa esperanza de que todo, esta vez, será mejor que el año que se va. Con esta concepción otorgamos, muchas veces, sentido a nuestro padecimiento, por su carácter sobrenatural, cósmico o divino. Así llegamos también a pensar: ¿para qué sirve soñar un mundo mejor si lo que vivimos es lo que hay y nada de lo que nosotros hagamos lo podrá cambiar?

Los conservadores más audaces se atreven incluso a ensalzar el sufrimiento y repetir frases llenas de ideologías perversas como aquellas que plantean que “bienaventurados son los que sufren”, que “bienaventurados son los que tienen hambre y sed de justicia”, para añadir después, que ellos, luego de su propia muerte, serán saciados o recompensados. Otros nos invitan a abrazar la guerra santa para liberarnos del mal y combatir a los pueblos elegidos que ostentan el derecho de asesinar.

Nos debemos olvidar que estos y otros discursos que pretenden consolidar, cada uno, su respectiva contemporaneidad, han sido inventados por elites religiosas o políticas indisolublemente ligadas al poder y a la dominación de clase, para validar e incluso terminar legitimando la pobreza y el sufrimiento de las mayorías que permiten y sustentan las riquezas y privilegios de las minorías.

Ante esta inevitabilidad del sufrimiento solo queda resignarse e intentar comunicarse con aquellos de los que depende el mismo, rezando y suplicando que nuestra desdicha desaparezca… el año que se inicia; como si nada más pudiéramos hacer para resolver nuestros problemas.

Lo peor incluso es que algunos llegan a convencerse de que sufrimiento es culpa de sus propios comportamientos y de su forma de vida, sin siquiera reconocer aquellos dramas que son producto del sistema social imperante y de las decisiones y actos premeditados de sus castas dominantes que se empeñan en mantener estas creencias para deslindar responsabilidades sobre la paupérrima situación de las mayorías.

Ellas por su parte, practican el arrepentimiento, la resignación y la reflexión superflua, llena de lugares comunes, como aquellos que plantean que si las cosas pasan por algo será, o como otros que agradecen a dios por cualquier cosa positiva que les suceda, sin importar los sacrificios e inversiones que estas mismas cosas hayan significado. Pareciera ser que este arrepentimiento opera como la única herramienta para espantar los malos designios, como si el pecado fuera la causa última de los propios padecimientos y no la realidad concreta, con su tiempo histórico, también concreto, con sus leyes hechas a la medida de las minorías dominantes, con sus carceles convertidas en infierno y sus minas llena de oro y cobre inaccesible para quienes las trabajan.

Qué podrían significar en el cuadro de semejante existencia el “padecimiento” y el “dolor”? En ningún caso una experiencia desprovista de sentido, que el ser humano no pueda soportar en la medida que es inevitable, como lo son, por ejemplo, las inclemencias del clima.

Cualesquiera fuesen la naturaleza y la causa aparente, el padecimiento del pueblo tiene sentido porque responde a un orden cuyo valor no es mayoritariamente socializado ni discutido y que instala el dolor y el sufrimiento como una experiencia de contenido espiritual positivo, dotándolos incluso de características salvadoras.

Así, los terremotos, las sequías, las inundaciones, las tempestades, las invasiones, la esclavitud, la humillación o las injusticias sociales como los sueldos bajos o la falta de una educación de calidad, o la inexistencia de un derecho igualitario a la salud y a la vivienda, son soportados precisamente porque no parecen gratuitos ni arbitrarios, son una precondición para la salvación de las almas después de muerta la carne.

Por lo mismo, las nuevas generaciones educadas en el postmodernismo y en la difundida crisis de las utopías, convencidas de la normalidad y de la inevitabilidad del sufrimiento y con el ejemplo vivo de sus padres y de sus familias, no tienen la vista puesta en ningún horizonte.

Han perdido la esperanza en un futuro mejor, sobre todo ahora que las utopías permanecen en estado latente desde que fuera determinada la muerte de la modernidad.

No poseen sueños y su existencia carece de sentido y significado y ante eso nada mejor que vivir el momento con un sentido profundamente hedonista, con todo lo que ello tiene de desechable y de adictivo.

Nada mejor que profundizar la celebración y protagonizar todos los excesos posibles, no solo en año nuevo sino que en cada nuevo día que se pueda, porque la celebración y el carrete es el único satisfactor y el único espacio de contención para sus desdichas todopoderosas y eternas, que no encuentran respuestas en una sociedad cada vez más carente de normas y de espacios de contención colectivos y sociales que permitan a los individuos resolver sus problemas cotidianos, sometiéndolos al estrés y la angustia de la incertidumbre y del no comprender.

Luego, esos mismos jóvenes son criticados por su liviandad, por su no estar ni ahí, como si ellos fueran producto de ellos mismos y no de la sociedad que los educa con todos sus traumas, sus tabúes y sus creencias arcaicas.

En este contexto, resulta normal y patético a la vez, que quizá muchos piensen que en este nuevo año si encontrarán trabajo quienes llevan 15 nuevos años viviendo en cesantía o en trabajos precarios y mal remunerados.

Que este año si haremos la reforma a la educación que la mayoría de la población quería y que no salió el año anterior porque se impusieron los valores y dictámenes de los tecnócratas neoliberales.

O que de verdad, este año … este años si que si, transformaremos al antojo de las mayorías el sistema de pensiones o el sistema electoral, única y exclusivamente porque la celebración del nuevo año trae mejores perspectivas y sueños renovados de un mundo mejor que debe ser producto de alguna fuerza sobrenatural que nos gobierna.

Tambien más de alguien pensará o soñará que este año se acabarán los abusos y la corrupción. Que este año dejarán de robarse la plata algunos de los que ostentan cargos de poder social. O que este año tendremos por fin… una derecha democrática, respetuosa de los derechos humanos y de las libertades que no se pueden comprar.

En este contexto, de supremacía del pensamiento mágico, como común denominador de nuestra era, resulta normal que algunos hallan otorgado a la muerte de determinados personajes como Saddam o Pinochet, sobretodo cuando sucedieron en las cercanías de las mal llamadas fiestas de fin de año, un sentido de celebración por la expulsión de los demonios y piensen que a través de estos hechos, fortuitos o planificados, por quienes detentan el poder, habríamos superados los padecimientos y nos habríamos reencontrado, o lo habrían hecho los irakíes, en el nuevo tiempo que estaba por nacer.

Claro está que ni el asesinato de Saddam trajo mayor democracia ni respeto a los Derechos Humanos en Irak, porque se ha demostrado que quienes destruyeron su dictadura implacable y feroz no son mejores ni peores que él y que tampoco la muerte de Pinochet, ni el año nuevo que lo siguió trajo más democracia para Chile, ni ayudó a materializar las transformaciones que hace veinte nuevos años esperamos los chilenos.

De hecho, no fue ni será la expulsión de estos ni de otros demonios, ni la llegada de los años nuevos que vengan lo que nos permitirá cumplir nuestros sueños y vencer nuestros padecimientos, ya que solo el incremento de la conciencia acerca de nuestra propia e intransferible capacidad transformadora de la realidad, para la satisfacción de nuestras propias necesidades, sumado al compromiso, a la unidad y a la organización de quienes soñamos ese mundo mejor y a la movilización social para cambiar el actual estado de cosas y construir una sociedad más justa y solidaria para todos y todas es finalmente nuestra única salvación.

Publicado en: G80

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