Un fantasma recorre Africa, Asia y el Medio Oriente: Es el fantasma de la libertad

Un Fantasma recorre el norte de África, Asia y el Medio Oriente. Es el fantasma de la libertad, la democracia y el respeto de los derechos humanos y los derechos colectivos de los pueblos. A la ya histórica resistencia palestina contra la ocupación militar israelí, se suman hoy los pueblos árabes y persas, hastiados de gobiernos que no los representan, basados en verdades absolutas y excluyentes, que solo han servido para enriquecer a unos pocos reyes y caudillos de cada país y para mantener por la fuerza, a la región, dentro del marco de cambio y continuidad, que las potencias occidentales definieron para ellos, en virtud de sus propios y mezquinos intereses.

De hecho y a diferencia de lo que muchos piensan, los mismos países que se autoproclaman adalides de estos valores, miran con desconfianza y temor este fenómeno y verdaderamente estresados por las contradicciones que estos les generan, oscilan entre los aplausos y el beneplácito para con las manifestaciones hasta la aversión y el complot para evitar sus efectos indeseados, dependiendo, única y exclusivamente, de si quien tiembla es amigo o enemigo de lo que suelen llamar occidente.

En este contexto, las dictaduras, monarquías y estados confesionales u ocupaciones extranjeras que se declaran enemigos de “Occidente” sufren de inmediato los ataques de los “defensores de la libertad” quienes no dudan ni un segundo en promover los disturbios y prepararse para alentar y aplaudir el derrocamiento de esos gobiernos, lo más inmediatamente posible, como en el caso de Libia e Irán, intentando aprovechar la revuelta para deshacerse de enemigos históricos y ver la posibilidad de incorporar a sus sucesores, dentro de su área de nefasta influencia.

En el medio de este abanico de hipocresía, las dictaduras, monarquías y estados confesionales u ocupaciones extranjeras que se declaran amigos, reciben prudentes llamados a escuchar las demandas de sus pueblos y establecer mesas de diálogo y mecanismos para un pacífico traspaso del poder hacia gobiernos que, en la forma al menos, parezcan democráticos, mientras paralelamente intentan, de manera desesperada y burda, establecer mecanismos de control y represión para secuestrar los procesos de reforma, proponiendo que sean dirigidos y controlados por ex miembros de los gobiernos depuestos, absolutamente incondicionales y con las manos tanto o más manchadas con sangre, de sus propios pueblos, que los propios líderes derrocados. El ejemplo más claro de esta versión es el apoyo de EEUU a Omar Suleiman, quien fuera durante décadas el principal responsable de la represión y las violaciones a los derechos humanos en Egipto.

En el otro extremo. La ocupación israelí, que se define a sí misma como un estado Confesional y que además, ostenta el record de ser el país más condenado en el mundo por sus sistemáticas y permanentes violaciones a todos los derechos humanos conocidos y por conocer, recibe con beneplácito el veto de EEUU en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que impide las sanciones y legitima su política de expansión sobre los territorios palestinos ocupados, mediante la construcción de asentamientos, reconocidos como ilegales por el derecho internacional y por la más amplia mayoría de la comunidad internacional.

Es que aunque muchos no lo crean, las potencias de aquello a lo que llaman “Occidente” no se vienen enterando, en estos días, de la existencia de estos gobiernos autoritarios y de la represión y el exterminio con que mantienen su poderío. No es que las protestas, los enfrentamientos y los asesinatos de manifestantes desarmados les hayan abierto los ojos. Es que lo que algunos suelen llamar “Occidente”, es quien las ha sostenido por décadas, solo por el hecho de que eran funcionales a sus intereses.

Resulta del todo lógico y esperable, por tanto, que los pueblos árabes como tantos otros, esparcidos por toda la faz de la tierra, finalmente se cansen de tanta hipocresía y se decidan a ser protagonistas de su propia historia, deshaciéndose de una vez y para siempre de estos supuestos representantes y semidioses que solo creen en promesas divinas, en las bienaventuranzas de los pobres y en la guerra santa, cuando les conviene.

Nadie sabe en qué terminarán estos acontecimientos, pero si podemos estar seguros de que son el inicio de un cambio solo comparable con el proceso de secularización europea y el inicio del fin, de todos aquellos sistemas basados en verdades absolutas, que excluyen y reprimen de manera brutal a quienes no las comparten.

Es el inicio de un cambio que debe dar paso a sociedades en donde los pueblos, sin temor, empiecen a asumir el desafío inmenso de guiarse por los dictados de su propia razón, mirándose a ellos mismos y entre todos como iguales, poseedores de los mismos derechos y de los mismos deberes, para la construcción de un mundo más justo y mejor para todos y todas.

Es de esperar que todos estos pueblos que llevan sobre sus espaldas lo mejor y lo peor de cultural milenarias sepan buscar un camino propio y no decidan transitar por el camino sembrado de hipocresía, que le ofrece lo que algunos insisten en llamar “Occidente”.

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