A un año del terremoto… Mucho ruido y pocas nueces

Para nadie es secreto que la reconstrucción está atrasada y que como en muchas otras esferas, una cosa es lo que el gobierno dice y otra lo que hace. Lamentablemente, la Alianza no ha podido ni ha sabido cómo convertir en acciones concretas sus inmejorables intenciones y no ha perdido oportunidad de equivocarse debido al sobre ideologizado discurso sobre el cual ha cimentado su accionar y al desconocimiento soberano que manifiestan sobre el aparato del Estado. En este escenario, algunas de sus autoridades y voceros no han dudado y han insistido en engañar a la población, conscientes de que lo único importante es la imagen y que no importa lo que hagas, solo importa lo que comuniques.

Sin duda el error más costoso ha sido el desprecio evidente por la sociedad civil, que ha tenido poca o nula participación en la reconstrucción, gracias a un gobierno que no confía en la gente ni en sus organizaciones sociales y mucho menos en las capacidades que los mismos habitantes tienen para asumir el protagonismo en la reconstrucción de sus propias vidas.

Como contrapartida, se insiste en sobrevalorar al sector privado que, no solo, no ha dado el ancho para acompañar al gobierno en las tareas urgentes de la reconstrucción, sino que además ha puesto sus mezquinos intereses muy por sobre las necesidades de las y los damnificados, a los largo de Chile. Un ejemplo claro de esto es el incremento significativo de los precios de los materiales de construcción en las cadenas que se repartieron la torta una vez iniciada la reconstrucción.

De lo anterior surge otro error casi imperdonable, si se toma en consideración todas las promesas sobre eficiencia y eficacia que la nueva forma de gobernar prometió en campaña: haber alojado el proceso de reconstrucción dentro de la arquitectura institucional y de las funciones permanentes del aparato del estado, sin reconocer el sentido de urgencia que este tenía, lo que los llevó a ignorar la posibilidad de crear una Agencia Especial para tales efectos, que no tuviera que lidiar con el aparato del estado y con sus procedimientos para sacar adelante la reconstrucción por la que claman nuestros compatriotas ante un Estado que se ha revelado verdaderamente inoperante.

Es que ante un evidente desconocimiento del aparato del estado, de su cultura y de sus procedimientos el gobierno solo apostó a remediar la falta de dinamismo estatal cambiando funcionarios a diestra y siniestra, mostrando un desprecio casi absoluto por los funcionarios públicos, que lo llevó a iniciar una guerra frontal contra todos aquellos funcionarios que no eran de su absoluta confianza.

Lo anterior detonó más de un conflicto innecesario y llevó al gobierno a prescindir, voluntariamente, del conocimiento acumulado sobre cómo se hacen las cosas en el aparato del estado, reemplazándolos, no pocas veces, por jóvenes inexpertos que tensionaron las estructuras administrativas hasta hacerlas colapsar ante la velocidad que la nueva forma de gobernar quería adoptar en un aparato, de por sí lento y burocrático y que carece de incentivos adecuados para la innovación y el riesgo.

Lo anterior dejó en evidencia que el nuevo gobierno jamás entendió que la cultura de las Empresas Privadas, en las cuales el Presidente y la mayoría de sus ministros han ganado todas sus cartas credenciales y donde solo basta una orden de los “dueños” o de los “gerentes” para hacer que las cosas pasen, no funciona ni se ajusta a la cultura organizacional del aparato del estado, lo que llevó a varias de las autoridades a ofrecer y comprometerse, no pocas veces a costa de la fe pública, a cosas que difícilmente se pueden conseguir con la misma institucionalidad con la que se gobierna en tiempos de normalidad.

En este contexto es que se hace urgente una profunda y humilde reflexión acerca del camino tomado, para realizar los virajes que puedan convertir la reconstrucción en una verdadera prioridad nacional, alejando al gobierno de la arrogancia y la prepotencia con que ha gobernado en su primer año, en donde claramente ha estado más preocupado de terminar de destruir lo restos de una Concertación casi inexistente, que de resolver los problemas urgentes y cotidianos de sus ciudadanos.

Finalmente, se es lo que se hace, no lo que se dice.