Un “Hogar Nacional judío” en la histórica Palestina

El auge del nacionalismo europeo durante el siglo XVIII y XIX, que se consolidó con la formación de la nueva comunidad internacional y el intercambio de misiones diplomáticas entre los estados pontificios, para tratar de inhibir los conflictos internos con una diplomacia incipiente y de carácter preventiva, comenzó a despertar y estimular a los distintos pueblos del mundo para buscar su propia independencia de los imperios que los dominaban, proceso que tuvo su correlato en el mundo árabe que comenzó a buscar la independencia y la emancipación del dominio otomano.

Para ello desarrollaron renovadas relaciones con Occidente que, desde la Revolución Francesa, había puesto nuevamente los ojos en el Próximo Oriente por su ubicación estratégica y a sus riquezas naturales, interesándose de sobre manera en la destrucción del Imperio que en estas condiciones aparecía como el enemigo común a quien destruir.

Al mismo tiempo, surgía al interior de quienes profesaban la religión judía, un movimiento político que alejándose de la religión propiamente tal, que asociaba la reconstrucción del reino de Israel a la llegada del mesías, se proponía secularizar al judaísmo, tomando en manos de hombres de carne y hueso el proyecto divino de la reconstrucción del Reino de Israel, como respuesta a los pogromos de la Rusia Zarista y a la persecución Europea representada de manera esencial por la inquisición, sumado lo anterior a la demora milenaria e intolerable para los racionalistas judíos del tan esperado Mesías.

En este contexto se realizó el Primer Congreso Sionista, en Basilea (Suiza), en 1897, el que a pesar de convocar a representantes de menos del 1% de la judería mundial, estableció como objetivo principal, el establecimiento de un Hogar Nacional Judío en alguna parte del mundo.

Ya en el Cuarto Congreso Sionista definieron que la primera alternativa, entre varias, debía ser Palestina, debido a la ligazón religiosa que podían esgrimir con ese territorio, lo que les brindaría la coartada perfecta para un proyecto que sabían, jamás podría realizarse en paz.

Era un nuevo fundamentalismo que pretendía utilizar excusas religiosas para conseguir fines políticos y económicos, mediante la apropiación de una tierra en la que habían vivido de manera ininterrumpida los descendientes de todos los pueblos que alguna vez habitaron o invadieron la región de Palestina.

Paralelamente, el surgimiento del nuevo orden internacional que marcó el retorno del mundo antiguo a la disputa por las zonas estratégicas del planeta y la decadencia irreversible de los restos del sistema feudal, llevaron al mundo a un incremento de la tensión entre los diferentes modos de organización existentes, los que comenzaron a disputarse, con renovados discursos ideológicos, la influencia sobre los territorios que, desde la antigüedad, habían sido los símbolos privilegiados del poder y la dominación mundial.

La Primera Guerra Mundial fue la cristalización de esta contradicción y los pueblos que vivían bajo dominación imperial aprovecharon la oportunidad para buscar su emancipación inclinándose, antes y durante la guerra, hacia los nuevos estados nacionales que buscaban la destrucción de los imperios y la ampliación de sus áreas de influencia en los territorios, estableciendo con ellos acuerdos secretos para detonar frentes internos que los debilitaran y mermaran de manera significativa su capacidad para defenderse de los embates de este renovado occidente.

En este contexto, la promesa que los británicos hicieron a los dirigentes árabes, en especial a través de la correspondencia mantenida (1915-1916) con Husein Ibn Ali de La Meca, de conceder la independencia de sus territorios tras la guerra, jugó un rol de fundamental importancia para la expulsión definitiva de los turcos de la región, incluida Palestina, entre 1917 y 1918.

Los británicos, sin embargo, no honraron sus promesas y en el mismo período que empeñaban su palabra con los líderes árabes, firmaban, el 2 de noviembre de 1917, la Declaración Balfour, comprometiéndose con la Organización Sionista Mundial a entregarles Palestina para el establecimiento de un hogar nacional judío en su territorio.

Así, sin tener derecho a disponer de una tierra que no le pertenecía y sin consultar los deseos ni considerar los derechos de los pueblos originarios que ahí habitaban, Gran Bretaña se comprometió a garantizar a los sionistas (cuyo apoyo económico necesitaban para mantener el esfuerzo bélico) un “hogar nacional” en Palestina, promesa que fue incorporada de manera unilateral e inconsulta al mandato conferido en 1922 por la Sociedad de Naciones a Gran Bretaña, con el objeto único de acompañar a los palestinos en su proceso a la Independencia.

Este mandato, en todo caso, era fiel reflejo de un tratado secreto, firmado años antes entre Francia, Rusia y Gran Bretaña para dividirse en áreas de influencia la región, asegurando un desarrollo futuro coherente con sus intereses económicos, relacionados con el establecimiento en la región de gobiernos afines a sus intereses y con el dominio y usufructo de sus recursos naturales, por el mayor tiempo posible.

En esta época, la población de Palestina estaba conformada en un 97% por creyentes de religión cristiana y/o musulmana y menos de un 3% de religión judía. Coherentemente, la tenencia de la tierra era, en un 99,5% de religión cristiana o musulmana y en un 0,5% de religión judía y hasta este momento, judíos, cristianos y musulmanes vivían en paz y armonía en el lugar más sagrado del mundo para las tres religiones monoteístas de la humanidad.

No obstante, el proyecto sionista pretendía invadir Palestina y trasladar o exterminar a sus habitantes, para convertir a Palestina en un “Hogar Nacional” exclusivo para los judíos, quienes desde un comienzo rechazaron la idea puesto que contradecía los fundamentos religiosos y vendría a potenciar el antijudaísmo existente, respondiendo al mismo de manera absolutamente equivocada, con la conformación de un gran gueto en Palestina.

Por otra parte, semejante proyecto jamás hubiera visto la luz si no hubiese contado, desde su nacimiento, con el apoyo de las potencias occidentales interesadas en poner sus manos sobre las riquezas del mundo árabe y consolidar una influencia incontrarrestable en el centro geográfico, histórico e ideológico del mundo.

Amparado en la Declaración Balfour, la Organización Sionista Mundial comenzó a trasladar a Palestina, a sionistas de todas partes del mundo, para formar su hogar nacional, que debía nacer sobre la tierra y la sangre del pueblo palestino. Estas inmigraciones conocidas como Alliah, levantaron y difundieron mitos en forma de lemas centrales de cada operación, comenzando por la más famosa y menos cierta de todas: “Un Pueblo sin Tierra para una tierra sin Pueblo”.

Al mismo tiempo, la Sociedad de Las Naciones, organización de carácter internacional nacida de la I Guerra Mundial con el objeto de evitar nuevas conflagraciones y resolver los conflictos por la vía de la negociación, diseñó un sistema de mandatos en el cual un País mandatario (Francia o Gran Bretaña) tomaba una región bajo su tutela para llevarla, en el menor plazo posible y respetando la autodeterminación de sus pueblos, a la Independencia. Fue así como, traicionando el espíritu y la letra del mismo, Gran Bretaña, lejos de velar y promover la independencia de Palestina, impulsó la inmigración ilegal y ayudó a modificar significativamente el statu quo y la forma de vida de la región, sentando las bases del conflicto que hoy conmueve al mundo entero.

Conscientes de su error y ante la evidencia de las nefastas consecuencias de su breve periodo de mandato sobre Palestina, Gran Bretaña intentó, al final de la revuelta árabe de 1936–1939, poner término a la situación y propuso el término de la inmigración ilegal y el establecimiento en Palestina de dos estados, con Jerusalén y sus alrededores como ciudad protegida por el mandato, para extender su dominio sobre la región. Este hecho marcó el término de las relaciones privilegiadas entre Gran Bretaña y el Sionismo, el que sin perder un minuto comenzó a buscar un nuevo aliado incondicional que le asegurara la continuidad de su proyecto y la impunidad ante el macabro plan que tenían diseñado.

En el mismo período Hitler subía al poder en Alemania y el nazismo se convertía en el mejor aliado del movimiento sionista mundial, quienes utilizaron políticamente el holocausto para negociar con la comunidad internacional, cómplice de uno de los crímenes más deleznables de la historia de la humanidad, el establecimiento definitivo de un hogar nacional sobre tierra palestina, lo que se materializaría una vez nacida la nueva organización mundial de estados nacionales.

En 1945 la tenencia de la tierra en manos de los sionistas había pasado de 0,5% en 1920 a un 5% y la población sionista había aumentado de 0% a cerca de un 33%.

No obstante lo anterior, las potencias occidentales, conscientes de la importancia de contar en la región con un estado agente y un estado cliente, estaban decididos a impulsar en Palestina un camino distinto al que los habitantes de la región esperaban; camino que nunca contempló el establecimiento de un estado palestino independiente en Palestina, para los palestinos.

El 29 de noviembre de 1947, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la recién creada Organización de Naciones Unidas (ONU) que nacía para reemplazar a la fracasada Sociedad de las Naciones, votaban favorablemente la Resolución 181 de Partición de Palestina, entre quienes la habían habitado por las últimas 50 generaciones y los inmigrantes traídos por el sionismo internacional de todas partes del mundo, violando de manera flagrante uno de sus principios fundacionales, el respeto irrestricto a la autodeterminación de los pueblos.

Un 56% de la tierra era destinada a los extranjeros y un 43%, a los palestinos. Jerusalén, que representaba el 1% de Palestina, quedaba como cuerpo separado de ambos estados, como Capital Universal, en virtud de su condición de cuna de las tres grandes religiones monoteístas de la historia.

Ni palestinos ni sionistas aceptaron la partición. Los primeros porque eran sus legítimos dueños. Los segundos, porque el proyecto sionista contemplaba el establecimiento en Medio Oriente del “Eretz Israel”, el Gran Israel, que abarcaba los territorios ubicados entre los ríos Nilo y Éufrates, en un territorio incluso inmensamente superior al que alguna vez hubiera ocupado el antiguo reino de Israel.

De hecho, desde antes de la Guerra de 1948, conocida como Al Nakbah o la Catástrofe, las organizaciones terroristas del Sionismo, tenían preparado el Plan Dalet. Un conjunto de operaciones militares que pretendían provocar el pánico entre la población palestina, cerrar las vías de escape, exterminar a la resistencia que pudiera desarrollarse y ocupar la mayor cantidad posible de territorio para hacer inviable el surgimiento del estado Palestino. Por lo mismo, el 70% de estas operaciones estaban planificadas fuera de los territorios asignados por la ONU a los sionistas, que consiguieron, mediante el mencionado plan, apropiarse de más del 80% de la Palestina histórica, ante la mirada cómplice de las potencias occidentales que veían en Israel un estado agente y cliente que facilitaría el dominio sobre las reservas de petróleo de la región y sobre el centro ideológico del mundo, lo que otorgaría la posibilidad de actuar directa o indirectamente sobre la sensibilidad de millones de personas a lo largo y ancho del mundo.

El armisticio de 1949 terminó con la anexión, por parte de Israel, de la casi totalidad de Palestina y con cerca de 800 mil refugiados/as palestinos/as en los países vecinos, quienes desde el inicio de su exilio han buscado la forma de volver a su territorio.

El primer paso fue enrolarse en los partidos políticos del mundo árabe, los que levantaron la liberación de Palestina como parte fundamental de todos sus programas, tratando de ocultar sus lazos con Occidente, la lejanía y la desconfianza que hasta el día de hoy sienten hacia la causa palestina que ponía y pone en jaque, directa o indirectamente, a todos los gobiernos instalados por el mismo occidente en el mundo árabe, en el proceso de descolonización asistida que ellos mismos digitaron desde sus oficinas en occidente.

Publicado en El Ciudadano