Siguiendo al alcalde Jadue

Comunista, feminista, desastrado. Deportista, abstemio y pedagogo. Daniel Jadue, el alcalde de Recoleta, se mueve por su comuna dando clases de cooperativismo, reuniéndose con los vecinos todos los días, tomándose selfies con quien se lo pida mientras las vecinas le gritan: “¡Se siente, se siente, Jadue Presidente!” Aquí cuenta un poco de su historia, las ideas que lo mueven y opina sobre el peligro que entraña el avance del neoliberalismo en el mundo: “Va a ser difícil que el próximo ciclo de acumulación de riquezas se haga en democracia”, afirma a The Clinic.

Veloz. Con un pañuelo palestino al cuello, el alcalde Daniel Jadue cruza hecho una bala por la mitad de avenida Recoleta. Viene atrasado del programa Bienvenidos en Canal 13 donde acaban de entrevistarlo. Está un poco enojado, pero un poco nada más: hablando sobre Venezuela, Polo Ramírez le dijo que siempre intentaba empatar las situaciones, porque cuando le preguntaron por ese país, habló de las violaciones a los derechos humanos en Chile. Él le contestó: “Nunca lo he visto hablando de Palestina, de Honduras, de otros países”. Ahora el alcalde dice: “No me enojé, pero cuando me huevean, me pongo duro. Si tampoco tengo sangre de horchata”.

Daniel Jadue corre. Todo el día. Hoy se levantó a las 5 de la mañana. Hizo una hora de trotadora (dice que hace deporte todos los días), leyó durante una hora y media los diarios y partió al canal. Casi todos sus días comienzan de madrugada y terminan después de juntarse con dos grupos de vecinos diariamente a tomar té. Llega a su casa pasadas las 10 de la nocheDuerme cuatro horas diarias, no mucho más. Los fines de semana también los pasa en la comuna. Aunque intenta dejarse los domingos para él, no siempre le resulta. No bebe alcohol, ni fuma. Le gusta bailar salsa, escuchar música y leer. En su biblioteca tiene más de ocho mil títulos. Los libros los subraya. Dice que sabe cocinar, lavar y que se hace todo solo.

Jadue parece tener una energía inagotable. Un poquito antes del mediodía, cruza veloz ahora desde el Municipio hasta el auditorio de la Corporación Cultural de Recoleta, donde lo espera un centenar de vecinas que se están capacitando en cooperativismo. Pedagogía política, lo llama él. “Llevo 30 años haciendo estas charlas. Soy de origen palestino, he vivido en carne propia la represión, la injusticia, la violación a los derechos humanos. Soy chileno, me crié en dictadura, viví con toque de queda toda mi juventud y experimenté la ausencia de libertad y la intervención extranjera. Son cosas que me marcan demasiado”, explica.

Daniel Jadue se sube al escenario. “Hoy voy a hablarles de cosas que ustedes nunca hablan, para que al final de sus cursos tengan el bichito de armar una cooperativa, la única salida al modelo desastroso en el que vivimos hoy”, dice. Entonces agarra un plumón y empieza a rayar una pizarra blanca con explicaciones de utilidades, ganancias, empresa privada, sueldos. Parece un DT. Las vecinas escuchan atentas.

Jadue es nacido y criado en Recoleta. Sus abuelos, inmigrantes palestinos, se instalaron en los años 50 en una casa ubicada en Santos Dumont con Caliche. Su madre confeccionaba ropa para niñas y tenía una tienda llamada Padani en la comuna. Su padre dejó la casa cuando Daniel Jadue tenía tres años: pasaría mucho tiempo para que volvieran a verse, más para que pudieran reconciliarse. Su padre era pinochetista y él desde niño, tuvo interés por lo social. A los 12 años empezó a dar charlas sobre la historia de Palestina en el Club Palestino o en la Universidad Católica.

“¿Por qué? Bueno, mi familia estaba siendo aniquilada por el Estado de Israel. Creo que hay una respuesta más psicológica también: uno siempre es el hijo de su padre y cuando no tienes a tu padre, tu identidad se ve fuertemente mermada y tienes que hacer cosas para construir una propia”, comenta.

Jadue se unió a la Organización de Liberación Palestina (OLP) y en 1993, al Partido Comunista. A los 20 años su papá volvió a buscarlo. Le dijo que dejara de revolverla con eso de la justicia social. Él le contestó: “Llegaste como 15 años tarde para decírmelo”.

Sin embargo, cuando su padre sufrió un infarto en 1991, Jadue, que en ese momento estaba en Colombia, regresó e hizo las paces con él. “Fue tanto el dolor que me provocó que sentí que no podía esperar, volví de cabeza a reconstruir la relación con él. Logramos ser amigos, aunque no volvimos a ser padre e hijo. Cuando nació mi hija, se la llevaba quincenalmente para que él la viera”.

Jadue estudió arquitectura y sociología en la Universidad de Chile pensando en dedicarse al servicio público. En sociología se especializó en planificación estratégica y empezó a asesorar gobiernos locales con planes de desarrollo comunal. “Ahí me di cuenta de lo que dijo Recabarren: que los gobiernos locales le pueden cambiar la vida a la gente, ahí está la parte más importante del Estado”.

La carrera por la alcaldía le tomó 12 años. “No teníamos esperanza, pero sí un plan que se llamaba Recoleta 2012. El 2001 teníamos el 2% de los votos. El 2004 sacamos 11%. El 2008, 18%. Ahí fue cuando todos se dieron cuenta de que sí podíamos: el 2012 ganamos con el 41%. Fueron 12 años de trabajo en la base. Empezamos con los preuniversitarios populares, con clases de formación política para dirigentes sociales. Entre el 2003 y 2012 hicimos más de 800 onces en casas con vecinos. Así se tiene que hacer: es leninismo puro”.

En el auditorio del Centro Cultural de Recoleta, ante una concurrencia que lo escucha en silencio, Jadue pregunta: “¿Alguien me puede explicar por qué fuera de la casa el trabajo doméstico vale 300 lucas y dentro de la casa, cero? ¿Hay un economista que sea capaz de explicar eso? Sospechosa la hueá”. Las vecinas se ríen y asienten. Entonces él cuenta de un ejercicio que hizo mientras estudiaba sociología para saber el valor del trabajo. “Junté a mis tías fachas y palestinas que tenían nanas. Las invité a tomar once. Y les pregunté si harían el mismo trabajo de sus nanas si les pagaran lo mismo. Nica’, me contestaron. ¿Y por el doble? Tampoco. ¿Y por un millón? Ahí tres me dijeron que sí. Así es que ese es el valor de ese trabajo: Un millón o más, que es la tasa de reemplazo”.

Hay preguntas. Él responde a todas. La charla dura en total una hora. Daniel Jadue se baja del escenario. Se toma selfies con quien se lo pida. Algunas personas empiezan a gritar: “¡Se siente, se siente, Jadue Presidente!”. Los proyectos estrellas de la comuna han aumentado su popularidad: la óptica y farmacia popular, la librería y la Universidad Abierta de Recoleta donde gente de todo Santiago toma cursos gratuitos, que van desde electricidad doméstica hasta ruso. “No me creo el cuento. Yo saludo a todo el mundo. Quiero y me dejo querer”, dice.

Le han preguntado muchas veces por la Presidencia y dice que no le interesa, que prefiere repostularse en la alcaldía.

-No es que no me interese, es que no me he puesto en ese lugar. Además, encuentro súper arrogante ponerse en ese lugar. Desconfío de esa gente que se anda promoviendo y dice que es el mejor preparado para gobernar Chile. Yo creo en los colectivos. Lo que hacemos en Recoleta es un programa de gobierno de un partido: yo soy la cara visible, el instrumento, pero acá hay un colectivo que toma las decisiones. Están todos cómodamente sentados en sus casas esperando que alguien los salve y eso no sucede y no va a suceder.

¿Y si el partido se lo pide?

-Los militantes del PC siempre hacemos lo que el partido nos dice. Cuando estás en la situación de vivir desde la marginalidad política no tienes mucho ego: soy palestino, comunista, todas las minorías juntas.

Le faltó ser minoría sexual

-Sí, pero no sé si hubiera sido parte del movimiento homosexual, los encuentro muy conservadores: ¡Mira que estar peleando por el matrimonio! ¡Por entrar a una institución que los ha discriminado por más de dos mil años! Yo siempre digo que soy partidario del divorcio igualitario y de la adopción homoparental: ¡Quién tiene el derecho a meterse en la vida de otro para decirle cómo vivir! El problema es que yo no trabajo con minorías sexuales, ni con inmigrantes, ni extranjeros, ni con religiones: trabajo con seres humanos y para mí todos los seres humanos son iguales. Recoleta es una ciudad santuario: a nadie se le pregunta nada para atenderlo. De hecho, atendemos varios miles más de los que tenemos en salud, porque si llega un inmigrante que no tiene documento, ¿no lo vamos a atender? No, eso déjeselo a la derecha. Nosotros lo atendemos igual.

A Jadue lo han acusado múltiples veces de corrupción, pero ninguna acusación ha llegado a puerto. “No me pillan nada, porque no hay nada. Yo no tengo enemigos, tengo adversarios políticos, pero no miento para desprestigiar a nadie. Tenemos valores distintos. Cuando alguien piensa que matar a alguien porque piensa distinto está bien, ¿qué puede usted dialogar con él? Cuando la presidenta de la UDI corre a abrazar a Bolsonaro y se disputa la amistad de Bolsonaro con Kast, cuando alguien dice que Pinochet no debiera haber torturado, sino que debió haberlos matado directamente no más… ¿Qué puede discutir con los que devolvieron plata para no irse a la cárcel y que hoy pontifican sobre la corrupción y la delincuencia? ¿Qué puede discutir con gente de derecha que dice que le molesta la delincuencia y no tuvieron ningún empacho para elegir a un ladrón de bancos como Presidente? Que se revisen, porque algunos de ellos van a misa los domingos y se persignan. A estas alturas, tengo un cuero de chancho increíble. Hago como en Twitter: alguien me insulta, pum, bloqueo. Alguien miente, pum, bloqueo”, dice el alcalde.

Jadue cuenta que hace poco, cuando apareció esta idea de candidatura presidencial, lo llamó su hija, llorando, pidiéndole que no se presentara, que le daba miedo que le hicieran algo. “Eso es lo más triste y lamentable de este país: cuando alguien empieza a hacer bien las cosas, tus amigos se empiezan a despedir de ti y te empiezan a decir: ‘Cuídate, te puede pasar algo’.

El alcalde cruza de nuevo la avenida Recoleta a mitad de cuadra. Mira a ambos lados y se lanza, muy lejos del semáforo.

UN TÉ CON EL ALCALDE

Son las seis de la tarde y un grupo de vecinos espera al alcalde afuera de una casa, en calle Urmeneta. “¡Bienvenido, señor alcalde!”, lo saludan calurosamente. En la mesa del living-comedor hay platos con papas fritas, cheetos, salames y quesos, chocolates y guagüitas. Los vecinos esta vez son un venezolano joven, tres hombres maduros, algunas ancianas y una joven que está a punto de entrar a la media. Jadue hace dos de estas reuniones cada día, sagradamente. “Es mi cable a tierra. Ellos son mis jefes, me pagan el sueldo. Es la única manera que una autoridad tiene para saber qué pasa con la gente. Yo no estoy con el pueblo, yo soy el pueblo”. Luego les cuenta que vivió hasta los 42 años en la comuna. Y que después se fue a vivir a La Reina cuando su mamá se volvió a casar.

La más joven del grupo le cuenta que el próximo año se irá a un colegio fuera de la comuna. “Pero conversémoslo en serio. No hay ningún colegio que le pueda ofrecer lo que le ofrecemos en Recoleta: doblamos la matrícula en cinco años. Subimos cuarenta puntos en Simce mientras que todos los demás colegios del país bajaron. En siete años nunca hemos tenido un paro o una toma. Podría estar tomando una decisión que no sea la más correcta. Piénselo bien”, le dice con convicción.

Hace poco, en Vía X, se refirió al tema de la educación. Entonces dijo: “Lo que están haciendo con la educación es el comando jungla, la actitud del gobierno debe ser otra. Hay algunos que creen que deben privilegiar solo al 1% de los chilenos con esta tesis de los colegios bicentenarios. A mí me parece bastante absurdo que haya colegios que se dediquen a educar a los mejores: los buenos colegios debieran educar a todos los niños y niñas en igualdad de condiciones”.

Jadue escucha a cada uno de los vecinos: sus problemas de acceso a la salud, de seguridad –en el barrio hay dos casas donde los vecinos han detectado tráfico y otros desórdenes–, las bajas pensiones. “Yo no comparto el concepto de seguridad ciudadana: el primer día saqué los móviles de seguridad ciudadana porque traficaban droga, trasladaban a parientes, no servían para nada. Lo que sí haría es poner en el mando de Carabineros a nivel local a una autoridad designada por el alcalde, como en Estados Unidos. Yo acá no puedo hacer nada: no puedo llamar al Mayor para saber qué está haciendo, depende solamente del ministerio del Interior. Acá la policía no está orientada a cuidar a la gente, sino a la propiedad privada. Para nosotros el Estado son ustedes”, les dice. Los vecinos lo escuchan en silencio.

Luego le hablan de una de estas casas en el barrio donde traficaban droga. Jadue les recomienda que sea el Municipio el que denuncie, para que así tenga más peso. “Yo estoy a favor de la legalización de todas las drogas, porque nuestros problemas no son los consumidores sino las bandas de narcotráfico que se disputan los territorios con violencia y que les compran las armas a Carabineros y al Ejército y que tienen más poder de fuego que las policías. Con mis hijos no te metas dice la derecha: yo digo que cada uno cuide a sus hijos”, dirá después. Luego de dos horas, el alcalde se despide de sus anfitriones. Hay más fotos y selfies. Afuera, lo espera un auto del Municipio para llevarlo a la segunda reunión del día que terminará cerca de las 10 de la noche. “Hago pedagogía política para que haya un incremento de conciencia, para que sepamos el país que tenemos y el que queremos tener”, explica él.

La oficina del alcalde está en el último piso del Municipio y tiene vista hacia el norte y sur de la comuna. Sobre su inmenso escritorio tiene varios libros, informes, documentos, fotos con su hija y un tallado de una artesana que hizo su perfil en madera. De fondo, escucha música clásica. El alcalde toma café y ofrece leche, leche descremada, leche de coco. Todo lo saca debajo de su escritorio. “Yo cocino, lavo, hago de todo. Soy absolutamente autovalente. Estoy en contra del patriarcado”.

Tampoco se ha casado, dice que el matrimonio es antinatural.

-Más que antinatural es una institución que es un mecanismo de dominación contra la mujer. Mi mamá me llevaba a todos los matrimonios de la familia y escuchaba que el cura decía que el hombre es la cabeza del matrimonio y que la mujer debía obediencia ciega a su marido en la alegría, tristeza, salud y enfermedad, y que debía seguirlo adonde fuera salvo donde estuviera en riesgo su vida y que no podía administrar sus bienes porque los iba a administrar el marido, entendí que era un contrato donde uno está subordinado completamente. Una cosa es el matrimonio, otra cosa es el amor. Tengo mi vida de pareja y soy muy feliz, pero con convicciones distintas. El 95% de las veces cocino yo, lavo yo. Aprendí viviendo solo. Además, me entretiene mucho la cocina. Cocino de todo. A mi hija le encanta que le cocine.

¿Cómo es su relación con ella? 

-Siempre la he ayudado a hacer las tareas, le leía cuentos cuando era niña, jugamos un backgammon, habitualmente los domingos. Ella reparte el tiempo entre la casa de su padre y de su madre. Conversamos mucho sobre la realidad. Ella tiene un peso tremendo. Está orgullosa, pero tiene esta contradicción de lo que significa ser hija mía. Tiene de dulce y de agraz.

¿Cómo es un feminista palestino y comunista?

-Es complicado, la gente no lo entiende, pero yo me fiscalizo todos los días para ir matando todas las actitudes que van quedando de la cultura machista. Respeto a mi hija en todas sus decisiones, no soporto los celos y el control, jamás me imaginaría revisándole el teléfono a alguien y jamás aceptaría que hicieran eso conmigo. La sospecha permanente es una forma de maltrato. Uno va abandonando la cultura de la propiedad privada, sobre todo en las relaciones entre personas. Prefiero servir a que me sirvan.

¿Y qué defectos tiene?

-Soy garabatero. Soy un poco desastrado. Soy bastante comprometido con mis ideas, mucha gente lo lee como defecto.

¿Es intransigente?

-No, porque he cambiado de opinión muchas veces. No le tengo temor a cambiar de opinión, pero con buenos argumentos.

¿Qué es lo más capitalista que tiene que hacer en el día a día?

-Quizás la dependencia a la tecnología me molesta un poquito, la obsolescencia programática que obliga a cambiar de celular cada dos años porque estos descriteriados te venden algo que saben que va a fallar. Uno no se da cuenta de cómo uno mismo contribuye al exterminio de plazas de trabajo cuando uno mismo se pasa las cosas por la caja, cuando uno mismo va a una bomba y se echa bencina o cuando uno mismo compra un mueble y termina armándolo en la casa y trabajando para la empresa. En nuestro país no se ha tomado ninguna medida para proteger el empleo ni para preparar a nuestra sociedad para el nuevo tipo de empleo que va a haber en el futuro: la economía y los procesos productivos van a necesitar menos gente.

Creo que el neoliberalismo es eminentemente antidemocrático. El próximo ciclo de acumulación de riquezas va a ser difícil que se haga en democracia, porque requiere de tal precarización del empleo y de calidad de vida de las personas que para asegurar las tasas de ganancias de los que más tienen, van a tener que imponer gobiernos que sean capaces de matar a los que piensan distinto como Trump, Bolsonaro, Kast, Piñera, Macri. Y esto nace de una profunda reflexión en términos del tipo de sociedad que queremos construir.

Daniel Jadue se va a de vacaciones siempre al mismo lugar, desde hace varios años: Loncotraro, en el sur de Chile, un sitio frente al lago de donde procura no moverse y aprovecha de leer hasta 12 libros en dos semanas. El año pasado, se le acercó un hombre que le dijo: “Estos son comunistas de marzo a diciembre, pero vienen a veranear aquí”. Jadue le respondió que ellos iban para allá precisamente para molestar a los que pensaban que la buena vida era solo para el 1,5% más rico de Chile, que lo hacía como deporte. “Cuando la gente le saca foto al Presidente del partido porque va en primera clase, no se dan cuenta de que el problema es de ellos, porque piensan que la primera clase es solo suya. Yo siempre he viajado en económico, salvo cuando mi hija estaba viviendo en París y tenía millones de millas acumuladas. No es que me cuide, es que no tengo la plata para hacerlo. Además, tengo otras prioridades”.

¿Cómo cuáles?

-Mi hija, los libros, la música.

Fuente: TheClinic.cl

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